jueves, 27 de octubre de 2016

Si hubiese sido por mí, esto no se acababa.Yo hubiese caminado contigo cada día, haciéndote sentir seguro: cuando tuvieses miedo te daría la mano, sin decir nada, solo para que me sintieras contigo. Hubiese hecho más que costumbre, hubiese hecho constancia. Cada vez que despertaras te hubiese dicho cuánto te amaba pero me callaría el deseo de querer estar siempre contigo, las promesas se hacen de acciones y no de palabras. Si hubiese sido por mí, te incluía en mis tiempos aunque tú no me quisieras en los tuyos. Cada día demostraría mis ganas y mi esperanza de que cada día fuera mejor que el anterior. Hubiese pasado por alto cuánto error trajo consigo la inocencia y la torpeza de tu juventud. Perdonaría la duda y te hubiese esperado con las ganas de quien cree por fin haber encontrado a la persona correcta. Te dejaría ir, solo para que descubrieras el mundo y vivieras a tu manera, aunque yo sufriese la pérdida.

Quizás la incertidumbre fue una señal que no supe interpretar: no se debe rogar para que, quién amas, se mantenga a tu lado.

Hubiesen pasado tantas cosas, hubiese querido que pasaran tantas cosas. Duele saber que, por más que diga u omita, la decisión siempre fue tuya y yo, sabiendo que me quedaría otra vez ansiando el regreso, esperaría.

Un día dijiste que nadie escapa de la religión: si de amor y fidelidad se trataba, tú eras la mía.


M.M

jueves, 20 de octubre de 2016

Agosto 10. 2016


Del ensayo y error se aprende, compañero. La vida nos trae regalos inesperados; tú eres el mejor de ellos
Con rabia y miedo se vive más de una vez
y no se debe dejar de caminar por miedo a caer.
Vendrá la nostalgia con el tiempo
arrepentirse no es posibilidad hoy
tendré razón

Me he perdido tanto y tantas veces entre palabras vagas e insanos recuerdos: no quiero que seas uno de ellos.
Querer(me) algo más
Valorar el dolor
Detenerse y pensar(te)
… cuánto te amo y cuánto me amo contigo


Caminar a tu lado se volvió un aprendizaje, hay tanto que construir y tanto de mi cuerpo y mi vida que recoger. No importan los errores, arriesgarse nunca es perder.


M.M

lunes, 27 de junio de 2016

Éresa una vez, mi padre



Érase una vez un hombre sencillo, corriente, un hombre como tantos, de esos que van de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, que los fines de semana iba a la pichanga con los amigos. Miembro de una familia de siete hermanos, este hombre vio en la obtención de un trabajo el futuro seguro en el ámbito financiero. Así, dejó de lado su vocación artística por los estudios de derecho que, más adelante –pensaba- le daría frutos.
Era un hombre común, en un trabajo común, que trabajaba con gente común (mucha de esa que a veces se hace difícil soportar). Se levantaba temprano para llegar al trabajo. Usaba, como muchos, esa locomoción atiborrada de gente somnolienta por las mañanas. Almorzaba a deshoras en alguna picada en el centro. Pensaba, a veces, en ese terreno en el sur que hace tanto tiempo deseaba tener y que aún no conseguía. Con dos hijos, se veía en la necesidad de ahorrar para los estudios de estos; su hija en último año de universidad, su hijo a punto de entrar a la educación media. Su esposa, dueña de casa, se preocupaba siempre por mantener ese calor de hogar necesario para que este hombre pudiese descansar a gusto.
Cuando tenía tiempo, pintaba cuadros con los que se adornaba su casa y, de cierta manera, también su vida. Algún día también haría cuadros para esa casita en el sur, que tendría su propia huerta y, quizás, algunos animales. Mientras, seguiría trabajando y ahorrando para esa esperada jubilación que premiara el esfuerzo de sacrificar su pasión por las artes.
De lunes a viernes, agotado y frustrado, este hombre realizaba un trabajo tedioso y solo pensaba en la hora de salir de ahí. Casi podía perderse entre carpetas con documentos y correos que responder.
De vuelta a su casa, en hora punta, se encontraba acalorado, incómodo, cansado y hambriento. Sin embargo, al llegar, sabía que todo valía la pena porque, a pesar de todo, su familia lo esperaba feliz con un abrazo y listos para sentarse a la mesa con él.

¿Dónde está?



En una concurrida plaza del centro de Santiago, una anciana tomaba un descanso. Frente a ella, un monumento dedicado a un cardenal la hizo pensar en ese 6 octubre del 73 en que recibió la noticia. A su alrededor paseaban familias, un hombre vendía algodones de azúcar y los gringos recorrían el lugar con un guía turístico que, con un inglés extraño, les hablaba sobre el reconocimiento a los pueblos originarios y el monumento a ellos que había en el lugar –“¡Qué curioso!” pensó, cuando un poco más allá vio la estatua de Pedro de Valdivia-. Se puso de pie para seguir su labor, a la hora de almuerzo se hacía más difícil.  
Se fijó en una mujer que, aun vestida con el uniforme de una conocida casa comercial, miraba insistentemente su reloj, arreglaba su pelo, hacía dibujos invisibles con sus pies en el suelo y volvía a consultar la hora. A lo lejos escuchó el cañonazo de las 12 y pensó en ese día -¿qué habrá pensado el Pancho antes de que llegaran a buscarlo al restaurante “El campesino”? Tal vez solo quería tomarse una cañita ese fin de semana para descansar de la faena semanal-. La mujer joven ahora miraba el suelo y con ansiedad se mordía los dedos. La anciana se puso de pie para alcanzar la pala y observó con curiosidad a la muchacha. En ese momento apareció un joven que caminó hacia ella rápidamente, la mujer levantó su cabeza y sonrió. Con nostalgia, la anciana miró a la pareja, dejó caer una lágrima, miro al cielo, recogió los últimos papeles que le quedaban cerca y los botó a la basura.

martes, 24 de mayo de 2016

Para siempre

Porque con tanto en el cuerpo,
tanta carne, tanta pena, vida y ansiedad,
me he conocido, rechazado y reinventado.
Ahora, acá, no huyas
abrí mis ganas otra vez
después de intentar matarlas
pero el tiempo se burló
y aun no sana la yaga.
Para siempre porque siento
para siempre porque decidí
para siempre porque no olvidé.
Si asumí tu ausencia como un antagonista
hoy tu regreso es mi mejor amigo.

24/05/2016 (2) "Ella"




Una llamada como tantas otras, otras lucas, otra cara, otro cuerpo y otra calle.  Acordó lo de siempre y cortó.
Recorrió Santiago por la tarde, con sus botas de ruidoso tacón alto y su vestido azul de escote intimidante. La gente la miraba, los niños quedaban intrigados mientras sus padres, con rápido caminar los tomaban del brazo para seguir… pero ella, con su paso firme y siempre decidido, se abría paso por calle San Antonio. Hace tiempo había dejado de preocuparse por el peso del juicio ajeno y de ese tiempo solo quedaban unas arrugas escondidas tras el polvo compacto y unas ojeras que cada año era más difícil tapar.
Al caer la noche, se paró frente al espejo antes de ir a trabajar. Se miró recordando ese pololeo juvenil que le dejó quince años de cuidado infantil, antes de que la abuela del niño tomara la custodia. Usó su maquillaje barato, tomó su cartera y salió. En Alameda tomó un taxi con un destino del que no volvió.
Nadie quiso preguntar por ella ni por su vestido azul. El resto de sus zapatos de tacón quedaron guardados, su pieza arrendada en el centro abandonada, la noche olvidada.
En la televisión se transmite un nuevo partido de fútbol. A ella nadie la recuerda.

24/05/2016 (1)



Una anciana descansaba sentada en una plaza de Santiago. Frente a ella, un monumento dedicado a un cardenal la hizo pensar en ese 6 octubre del 73 en que recibió la noticia. A su alrededor paseaban familias, un hombre vendía algodones de azúcar y los gringos recorrían el lugar con un guía turístico que, con un inglés extraño, les hablaba sobre el reconocimiento a los pueblos originarios y el monumento a ellos –“¡Qué curioso!” pensó, cuando un poco más allá vio la estatua de Pedro de Valdivia-. Se puso de pie para seguir su labor, a la hora de almuerzo se hacía más difícil.  
Se fijó en una mujer que miraba insistentemente su reloj, arreglaba su pelo, hacía dibujos invisibles con sus pies en el suelo y volvía a consultar la hora. A lo lejos, la anciana escuchó el cañonazo de las 12 y pensó en ese día -¿qué habrá pensado el Pancho antes de que llegaran a buscarlo al restaurante “El campesino”?-. La mujer joven ahora miraba el suelo. La anciana la observaba con curiosidad. En ese momento apareció un joven que caminó hacia ella rápidamente, la mujer levantó su cabeza y sonrió. Con nostalgia, la anciana miró a la pareja, dejó caer una lágrima, miro al cielo, recogió los últimos papeles que le quedaban cerca y los botó a la basura.

sábado, 23 de abril de 2016

23/04/2016

Llueve y te cuestionas
llueve y tienes sueño
llueve y extrañas
llueve y llega el ocio.

Tener tanto que hacer
tener tan pocas ganas de hacerlo

Encontrar tu librito de Pizarnik
acompañarlo con un mate
y los cigarros que dejarías 4 meses atrás