Una
llamada como tantas otras, otras lucas, otra cara, otro cuerpo y otra
calle. Acordó lo de siempre y cortó.
Recorrió
Santiago por la tarde, con sus botas de ruidoso tacón alto y su vestido azul de
escote intimidante. La gente la miraba, los niños quedaban intrigados mientras
sus padres, con rápido caminar los tomaban del brazo para seguir… pero ella,
con su paso firme y siempre decidido, se abría paso por calle San Antonio. Hace
tiempo había dejado de preocuparse por el peso del juicio ajeno y de ese tiempo
solo quedaban unas arrugas escondidas tras el polvo compacto y unas ojeras que
cada año era más difícil tapar.
Al
caer la noche, se paró frente al espejo antes de ir a trabajar. Se miró
recordando ese pololeo juvenil que le dejó quince años de cuidado infantil,
antes de que la abuela del niño tomara la custodia. Usó su maquillaje barato,
tomó su cartera y salió. En Alameda tomó un taxi con un destino del que no
volvió.
Nadie
quiso preguntar por ella ni por su vestido azul. El resto de sus zapatos de
tacón quedaron guardados, su pieza arrendada en el centro abandonada, la noche
olvidada.
En
la televisión se transmite un nuevo partido de fútbol. A ella nadie la
recuerda.
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