martes, 24 de mayo de 2016
24/05/2016 (1)
Una anciana descansaba sentada en una plaza de Santiago. Frente a ella, un monumento dedicado a un cardenal la hizo pensar en ese 6 octubre del 73 en que recibió la noticia. A su alrededor paseaban familias, un hombre vendía algodones de azúcar y los gringos recorrían el lugar con un guía turístico que, con un inglés extraño, les hablaba sobre el reconocimiento a los pueblos originarios y el monumento a ellos –“¡Qué curioso!” pensó, cuando un poco más allá vio la estatua de Pedro de Valdivia-. Se puso de pie para seguir su labor, a la hora de almuerzo se hacía más difícil.
Se fijó en una mujer que miraba insistentemente su reloj, arreglaba su pelo, hacía dibujos invisibles con sus pies en el suelo y volvía a consultar la hora. A lo lejos, la anciana escuchó el cañonazo de las 12 y pensó en ese día -¿qué habrá pensado el Pancho antes de que llegaran a buscarlo al restaurante “El campesino”?-. La mujer joven ahora miraba el suelo. La anciana la observaba con curiosidad. En ese momento apareció un joven que caminó hacia ella rápidamente, la mujer levantó su cabeza y sonrió. Con nostalgia, la anciana miró a la pareja, dejó caer una lágrima, miro al cielo, recogió los últimos papeles que le quedaban cerca y los botó a la basura.
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