lunes, 27 de junio de 2016

Éresa una vez, mi padre



Érase una vez un hombre sencillo, corriente, un hombre como tantos, de esos que van de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, que los fines de semana iba a la pichanga con los amigos. Miembro de una familia de siete hermanos, este hombre vio en la obtención de un trabajo el futuro seguro en el ámbito financiero. Así, dejó de lado su vocación artística por los estudios de derecho que, más adelante –pensaba- le daría frutos.
Era un hombre común, en un trabajo común, que trabajaba con gente común (mucha de esa que a veces se hace difícil soportar). Se levantaba temprano para llegar al trabajo. Usaba, como muchos, esa locomoción atiborrada de gente somnolienta por las mañanas. Almorzaba a deshoras en alguna picada en el centro. Pensaba, a veces, en ese terreno en el sur que hace tanto tiempo deseaba tener y que aún no conseguía. Con dos hijos, se veía en la necesidad de ahorrar para los estudios de estos; su hija en último año de universidad, su hijo a punto de entrar a la educación media. Su esposa, dueña de casa, se preocupaba siempre por mantener ese calor de hogar necesario para que este hombre pudiese descansar a gusto.
Cuando tenía tiempo, pintaba cuadros con los que se adornaba su casa y, de cierta manera, también su vida. Algún día también haría cuadros para esa casita en el sur, que tendría su propia huerta y, quizás, algunos animales. Mientras, seguiría trabajando y ahorrando para esa esperada jubilación que premiara el esfuerzo de sacrificar su pasión por las artes.
De lunes a viernes, agotado y frustrado, este hombre realizaba un trabajo tedioso y solo pensaba en la hora de salir de ahí. Casi podía perderse entre carpetas con documentos y correos que responder.
De vuelta a su casa, en hora punta, se encontraba acalorado, incómodo, cansado y hambriento. Sin embargo, al llegar, sabía que todo valía la pena porque, a pesar de todo, su familia lo esperaba feliz con un abrazo y listos para sentarse a la mesa con él.

¿Dónde está?



En una concurrida plaza del centro de Santiago, una anciana tomaba un descanso. Frente a ella, un monumento dedicado a un cardenal la hizo pensar en ese 6 octubre del 73 en que recibió la noticia. A su alrededor paseaban familias, un hombre vendía algodones de azúcar y los gringos recorrían el lugar con un guía turístico que, con un inglés extraño, les hablaba sobre el reconocimiento a los pueblos originarios y el monumento a ellos que había en el lugar –“¡Qué curioso!” pensó, cuando un poco más allá vio la estatua de Pedro de Valdivia-. Se puso de pie para seguir su labor, a la hora de almuerzo se hacía más difícil.  
Se fijó en una mujer que, aun vestida con el uniforme de una conocida casa comercial, miraba insistentemente su reloj, arreglaba su pelo, hacía dibujos invisibles con sus pies en el suelo y volvía a consultar la hora. A lo lejos escuchó el cañonazo de las 12 y pensó en ese día -¿qué habrá pensado el Pancho antes de que llegaran a buscarlo al restaurante “El campesino”? Tal vez solo quería tomarse una cañita ese fin de semana para descansar de la faena semanal-. La mujer joven ahora miraba el suelo y con ansiedad se mordía los dedos. La anciana se puso de pie para alcanzar la pala y observó con curiosidad a la muchacha. En ese momento apareció un joven que caminó hacia ella rápidamente, la mujer levantó su cabeza y sonrió. Con nostalgia, la anciana miró a la pareja, dejó caer una lágrima, miro al cielo, recogió los últimos papeles que le quedaban cerca y los botó a la basura.