Érase una vez un hombre
sencillo, corriente, un hombre como tantos, de esos que van de la casa al
trabajo y del trabajo a la casa, que los fines de semana iba a la pichanga con
los amigos. Miembro de una familia de siete hermanos, este hombre vio en la
obtención de un trabajo el futuro seguro en el ámbito financiero. Así, dejó de
lado su vocación artística por los estudios de derecho que, más adelante
–pensaba- le daría frutos.
Era un hombre común, en un
trabajo común, que trabajaba con gente común (mucha de esa que a veces se hace
difícil soportar). Se levantaba temprano para llegar al trabajo. Usaba, como
muchos, esa locomoción atiborrada de gente somnolienta por las mañanas.
Almorzaba a deshoras en alguna picada en el centro. Pensaba, a veces, en ese
terreno en el sur que hace tanto tiempo deseaba tener y que aún no conseguía.
Con dos hijos, se veía en la necesidad de ahorrar para los estudios de estos;
su hija en último año de universidad, su hijo a punto de entrar a la educación
media. Su esposa, dueña de casa, se preocupaba siempre por mantener ese calor
de hogar necesario para que este hombre pudiese descansar a gusto.
Cuando tenía tiempo, pintaba
cuadros con los que se adornaba su casa y, de cierta manera, también su vida.
Algún día también haría cuadros para esa casita en el sur, que tendría su
propia huerta y, quizás, algunos animales. Mientras, seguiría trabajando y
ahorrando para esa esperada jubilación que premiara el esfuerzo de sacrificar
su pasión por las artes.
De lunes a viernes, agotado
y frustrado, este hombre realizaba un trabajo tedioso y solo pensaba en la hora
de salir de ahí. Casi podía perderse entre carpetas con documentos y correos
que responder.
De vuelta a su casa, en hora
punta, se encontraba acalorado, incómodo, cansado y hambriento. Sin embargo, al
llegar, sabía que todo valía la pena porque, a pesar de todo, su familia lo
esperaba feliz con un abrazo y listos para sentarse a la mesa con él.
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