En una concurrida plaza del centro de Santiago, una anciana tomaba un descanso. Frente a ella,
un monumento dedicado a un cardenal la hizo pensar en ese 6 octubre
del 73 en que recibió la noticia. A su alrededor paseaban familias, un
hombre vendía algodones de azúcar y los gringos recorrían el lugar con un guía
turístico que, con un inglés extraño, les hablaba sobre el reconocimiento a los
pueblos originarios y el monumento a ellos que había en el lugar –“¡Qué
curioso!” pensó, cuando un poco más allá vio la estatua de Pedro de Valdivia-.
Se puso de pie para seguir su labor, a la hora de almuerzo se hacía más
difícil.
Se
fijó en una mujer que, aun vestida con el uniforme de una conocida casa
comercial, miraba insistentemente su reloj, arreglaba su pelo, hacía dibujos
invisibles con sus pies en el suelo y volvía a consultar la hora. A lo lejos
escuchó el cañonazo de las 12 y pensó en ese día -¿qué habrá pensado el Pancho
antes de que llegaran a buscarlo al restaurante “El campesino”? Tal vez solo
quería tomarse una cañita ese fin de semana para descansar de la faena semanal-.
La mujer joven ahora miraba el suelo y con ansiedad se mordía los dedos. La
anciana se puso de pie para alcanzar la pala y observó con curiosidad a la
muchacha. En ese momento apareció un joven que caminó hacia ella rápidamente,
la mujer levantó su cabeza y sonrió. Con nostalgia, la anciana miró a la
pareja, dejó caer una lágrima, miro al cielo, recogió los últimos papeles que
le quedaban cerca y los botó a la basura.
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