En Plaza de Armas un hombre nostálgico veía las personas a su alrededor. Hacía mucho calor y el ambiente aturdía. Un joven entregaba un telefono móvil a una mujer mientras instintivamente miraba de reojo si lo observaban.
El hombre miraba el reloj y hundía sus manos en los bolsillos, se tambaleaba entre el sofoco, el hambre y la sed. Caminó hasta una centro de llamados, con dedos temblorosos marcó el número y al escuchar sus voces inocentes se largó a llorar sobre el auricular.
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