Por más que me miraba en el espejo solo veía aquello que formaron de mí, no hallé algo propio, algo por lo que sentirme única. Ese reflejo grotesco de mi imagen me provocba náuseas y por más que pasaban las horas no se iba esa sensación. Me carcomía la ansiedad y ese sentimiento de querer huir me superaba cada vez más. Entendí cómo con el pasar de los años no contruí nada y solo reforcé aquellas ideas que implantaron en mí los demás, cosas en las que quizás nunca creí pero acepté por resignación y mediocridad. Qué triste es descubrir que no crees en tí misma y no querer levantarte. Todo lo que alguna vez creí estaba bien se desmoronó y no me quedó nada más que pequeños trozos de memoria y angustia.
Entonces una brisa entró y una mano se posó en mi hombro, una voz me dijo "Te amo". Noté que no importaba cuántas veces ni cómo me haya equivocado porque siempre estuvo alguien ahí y no se alejó aunque me conocía mejor que cualquier persona, alguien que quizás me apreciaba más de lo que podía yo misma. Y sonreí frente al espejo viendo su reflejo y el mío a su lado, tomé su mano y dejé de llorar.
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